
domingo, noviembre 30, 2008
domingo, octubre 05, 2008
lunes, agosto 11, 2008
sábado, agosto 09, 2008
II Congreso Nacional de Estudiantes de Literatura
Convocatoria para envío de sumillasCongreso Literatura.Perú - CONELIT 2008
II Congreso Nacional de Estudiantes de Literatura - CONELIT 2008Literatura.Perú.2008
Escuela Académico Profesional de Literatura, UNMSM
Facultad de Letras y Ciencias Humanas, PUCP
Facultad de Humanidades, UNFV
24, 25 y 26 de noviembre 2008 - Lima, Perú
Envío de abstracts
Podrán participar con ponencias todos aquellos estudiantes universitarios matriculados en el pregrado y postgrado (diplomado, maestría, doctorado) en las áreas de Literatura, Humanidades y/o afines. Asimismo, los egresados de bachillerato de un máximo de 2 años. Podrán asistir estudiantes en cualquier área del conocimiento interesados en los temas, así como público en general.
Fecha Límite de recepción de abstracts (sumillas): 14 de setiembre de 2008.
Descargar bases en:
www.proyectoperuanos.org/conelit
Envío de resúmenes (abstracts)
1. Podrán participar con ponencias todos aquellos estudiantes universitarios matriculados en el pregrado y postgrado en las áreas de Literatura, Humanidades y afines. Asimismo, los egresados de bachillerato de un máximo de 2 años. Podrán asistir estudiantes en cualquier área del conocimiento interesados en los temas, así como público en general.
2. Las ponencias deberán ser inéditas. No es necesario que sean de autoría individual. Pueden ser parte de un trabajo de investigación mayor, dato que debe incluirse en el documento enviado.
3. Se deberá enviar una sumilla (abstract) en archivo Word de 10 a 15 líneas a conelit@proyectoperuanos.org con el título de la ponencia, nombre del autor, correo electrónico, teléfono y filiación institucional (universidad) antes del 14 de setiembre 2008. Se notificará vía e-mail la aceptación de las mismas antes del 28 de setiembre.
4. También se reciben propuestas de mesas que deberán incluir el título de la misma, nombres y resúmenes de las ponencias (máximo cuatro ponencias por mesa) junto a los datos personales de cada ponente.
5. Los participantes, cuyas sumillas sean convocadas, tendrán plazo hasta el 2 de noviembre para enviar la ponencia completa. Las ponencias enviadas no deberán tener menos de 9 páginas ni superar las 17 a espacio doble.
Ejes temáticos
·Teoría y crítica literaria latinoamericana.
· Oralidad y discursos literarios andino y amazónico
· Estudios interdisciplinarios(Literatura Comparada, Estudios Poscoloniales, Estudios Culturales, Estudios de Género, Cine/Teatro y Literatura, Mass media e industrias culturales, Estudios Subalternos, discursos híbridos, Testimonial, Periodismo literario)
· Literatura infantil y literatura fantástica en Latinoamérica· Estudios coloniales.
· Literatura, identidad y nación: Siglos XIX-XX.
miércoles, agosto 06, 2008
lunes, agosto 04, 2008
Joyitas de la FIL
Entre los pesares que es ir a la FIL, y es que padezco algo de agorafobia en su sentido estricto, encontré muchas novedades, pero lo mejor de todo fue encontrar ediciones nuevas de libros escasos en librerías. Por ejemplo, capturé ni bien lo vi, la edición de bolsillo de La virgen de los sicarios de F. Vallejo, o también por ahí encontré los Suicidios ejemplares de Vila-Matas; lo que no encontré fue su último libro de cuentos. En fin, cosas que pasan.Por otro lado, no quise oír las conferencias de los autores, únicamente pasé un rato por el recital de Gonzalo Rojas; y ni qué decir sobre el movedor de masas; Vargas Llosa, la sala Ricardo Palma era la causante ayer por la noche de que toda la FIL sea un caldero. A lo que sí fui y no me permitía irme sin antes saludarlo era a Pedro Lemebel, en pocas palabras, qué rico xxxxx. Son pocas las personas que tienen ese espíritu incandescente que hacen reír a cualquiera, más aún si es por su literatura. Cabe decir que se agotaron todos los ejemplares de cualquier obra de Lemebel en la Feria.
De ahí, poco más.
La Frase Lesiva
Me la dio una niña. Resulta que al momento de pagar mi entrada, un padre no tan viejo al parecer rodeado de lo que serían sus tres hijas, supongo, les comenta que qué bueno que ustedes no vayan a pagar nada. Por qué, le pregunta una, la más enana.
-Menores de doce y mayores de setenta años no pagan entrada, mi amor.
-¡Papá! –dice la enana, y le suelta un manotazo- ¡Por qué no tienes setenta! Si tú tuvieras setenta años no pagabas tampoco.
-Sí, mi amor, no te preocupes, me falta poco. Treinta añitos, nada más.
miércoles, julio 30, 2008
martes, junio 17, 2008
Vargas LLosa, nueva novela
Es, sin lugar a dudas, una característica envidiable. Que Vargas Llosa tenga el ímpetu, las ganas, cual su mejor época como escritor, para viajar e introducirse a un mundo ajeno y tratar de utilizarlo en una novela, me parece envidiable. Ya quisiera yo tener esa fuerza.En el segundo encuentro internacional de literatura en español, organizado por la Fundación Santillana y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, el escritor peruano y su obra fueron el centro de atención. Entre otras cosas, al final de la velada, mencionó sus intenciones por ambientar su próxima novela en el Congo, introducirse en el país africano y recorrer el río del mismo nombre. (Más información aquí.)
Si la aventura y la recolección de datos tienen como resultado una novela de la talla de La guerra del fin del mundo, tendremos próximamente en nuestras manos otra obra intachable del autor. Tal nos sorprenda con otras de esas radicales masas humanas como la que abanderaba El profeta.
Conozco a varios amigos que viajan y otros que viajan para poder inspirarse y recopilar información para sus proyectos artísticos, es una tarea ardua, no me cabe dudas. Por ello mi mención a que es una característica envidiable, no digo.
domingo, junio 15, 2008
Reflexiones de Jorge Volpi
A la novela últimamente la dan por muerta. Son diversos los autores o críticos en este ámbito que han rectificado ésta. Incluso se daban tips de cómo debería ser la novela de ahora en adelante.Pues, ahora que chequeo las noticias, me encuentro con algunas ideas muy interesantes de Jorge Volpi referentes a este tema. A propósito de su último libro de ensayos Mentiras Contagiosas –del que espero pronto tenerlo entre manos-, el autor reflexiona y da una clasificación peculiar a las novelas.
“Están las novelas que te infectan como el virus de la gripe, que las lees y te entretienes durante ese tiempo y después no te vuelves a acordar de ellas. En el otro lado, están aquellas novelas que lees y luego sus personajes, sus temas o sus problemas, siguen presentes, contaminan tu imaginación durante semanas, meses o toda la vida. Estas son las que importa escribir, aunque no siempre se logre.”
Acabando de pasar el siglo donde más novelas se han hescrito, es ilógico decir que la novela esté muriendo; que hayan novelas tal vez no clásicas como para formar un canon, pero aún así siempre hay novelas que trascienden.
Aparte, el escritor mexicano da un golpe certero para todos aquellos que dan por segura la muerte de este género, apuntando a un factor que se toma muy poco en cuenta:
“Pocos instrumentos permiten a las personas, durante unos cuantos momentos, creer que son capaces de comprender o acercarse a la conciencia, a las decisiones, los problemas de otros, como con la lectura de la ficción y eso ya es una función importante de la novela.
“No me parece que la novela, como género, esté en vías de extinción. Resulta reduccionista pensar que las nuevas tecnologías, la brevedad que exigen y la rapidez a la que estamos sometidos, sea contradictoria con la existencia de las novelas clásicas, decimonónicas, que en algún sentido parecen casi dinosaurios pero aún tienen una enorme capacidad para sobrevivir.”
martes, abril 29, 2008
Quipu 3: Juan Osorio Ruiz
El tercer escritor elegido para su publicación en Quipu es el hasta hoy inédito narrador Juan Osorio Ruiz, nacido en Huancayo en 1976.A partir de la fecha, Quipu anuncia que sus ediciones serán mensuales y ya no quincenales, de modo que los cuentos o poemas ganadores serán publicados por la red de blogs asociados al proyecto no cada dos lunes, sino cada cuatro lunes de ahora en adelante, para facilitar la labor de las personas encargadas de la evaluación.
Asimismo, comunicamos a los lectores y participantes que uno de los ofrecimientos que recibimos en un principio, la publicación impresa de los textos en el suplemento Identidades del diario El Peruano, no se ha podido mantener en pie en razón del poco espacio disponible en el periódico, motivo que escapa al poder de los encargados de este proyecto.
Quienes necesiten recordar las bases de participación, podrán verlas en los blogs Puente Aéreo y Quipu esta semana.
Ripucuchcaniñam ccamña allimlla
Juan Osorio Ruiz
Mi bisabuela llegó desde Huancavelica unos meses después de la muerte de mamá, a mitad de una tarde en la que las ventanas lagañosas impregnaban de frío la sala de mi casa. Llegó del brazo de mi padre, su nieto, envuelta en sus innumerables polleras, luciendo un sombrero gris decorado con coquetos ribetes rojos, saludándonos con tiernas frases quechuas llenas de diminutivos y con una minúscula maletita en la que traía todo lo que necesitaba: una que otra prenda de ropa, una bolsita con menjunjes que sólo ella sabía utilizar y el álbum de fotos familiares de contenido casi arqueológico.
Una vez instalada en la que era hasta entonces mi habitación, mi padre nos convocó a mis hermanas y a mí para pedirnos estar siempre solícitos y atentos con ella por lo avanzado de su edad. Sin embargo, pronto descubrimos que mi bisabuela tenía la rara cualidad de anticiparse a todo, y a todos: se levantaba muy temprano y con el caminar propio de quien ha comprendido que hay un momento en la vida a partir del cual toda prisa es inútil, pues todo plazo se vence y toda prerrogativa se acaba, se dirigía a la cocina a preparar el más viscoso y más delicioso quáker con leche del mundo. Y antes de que cualquiera de nosotros dijera “Buenos días abuelita” ya estaba ella disponiendo las ollas y cortando las verduras en trocitos de exactitud matemática para prepararnos el almuerzo. Y mientras se cocían las verduras y echaban color los guisos, se sentaba al lado de la cocina a gas, que desdeñaba en un comienzo, a saborear sus trocitos de pan remojados en quáker con leche, haciendo largas pausas y dando mordiscos suaves y periódicos, cual sacerdote en ofrenda eucarística, con una parsimonia que no era producto de la disminución de sus fuerzas, sino de su sabia actitud ante la vida.
Mi abuelo, su hijo, había llegado también a nuestra casa un mes antes a insistencia de mi padre pues los muchos años de bohemia le estaban pasando factura (intereses moratorios incluidos) y aunque a regañadientes, había sido internado en una clínica cercana donde tratarían de curarlo. No había pasado ni una semana desde la llegada de mi bisabuela cuando recibimos la noticia de que los riñones de mi abuelo habían dejado de funcionar. Tras una corta agonía falleció por insuficiencia renal.
Dicen que mi bisabuela había criado a mi padre, su nieto, a mi abuelo, su hijo; había cuidado también de su esposo, mi bisabuelo, y desde muy corta edad, se había encargado de la atención de su padre, mi tatarabuelo. A la luz de los resultados, su caprichosa buena salud no había sido un don tan preciado pues mientras los eslabones más antiguos de esa cadena interminable que es una familia, se habían ido muriendo, a ella le había tocado en suerte mantenerse a pie firme sosteniendo la cadena, sepultando a los más antiguos, y cuidando de los más jóvenes sin emitir queja alguna.
Al contrario de lo que todos pensábamos, la partida de su hijo, mi abuelo, no la afectó demasiado, parecía siempre encontrarse de buen ánimo, excepto algunas mañanas muy temprano, cuando yo la sorprendía sentada en el jardín interior de la casa, con la mirada perdida y hablando sola con ese tonito arrullador que sólo la gente de la sierra es capaz de pronunciar, delicioso, melancólico y musical.
A partir de la muerte de mi abuelo fuimos nosotros, sus bisnietos, los destinatarios de toda su atención; sus mimos se hicieron más prolíficos, sus comidas más reconfortantes, las conversaciones en quechua con mi padre fueron más subliminales a mis oídos y los tejidos de tupida lana con los que nos enfundaba para soportar el frío serrano no tuvieron comparación.
Pero pronto la acrobática economía familiar fue ensombreciendo nuestro cómodo chalet como se oscurecen las tardes antes de una severa granizada. Mi padre era un policía ejemplar pero un pésimo negociante. Y si bien al comienzo no todo el dinero se perdió en las dislocadas empresas que iniciaba, su soledad terminó deprimiéndolo y conduciéndonos a todos a los linderos de la ruina.
Así pasaron varios meses en los que algo fue cambiando en casa. A medida que mi padre se sumía en más deudas, los cariños de mi bisabuela fueron adquiriendo una dimensión distinta, aunque se mostraba excesivamente maternal, nosotros ya estábamos bastante crecidos como para aceptarla como reemplazante de nuestra madre. Aunque no era su culpa, había llegado a nuestra casa demasiado tarde, a destiempo. Así que pronto sus cariños nos hostigaron, sus comidas perdieron el encanto y hasta mis hermanas prefirieron enfrentar al frío invierno en los brazos de algún adolescente oportunista y ya no con las chompas de lana tejidas por mi bisabuela.
Entonces ella, silenciosa y discreta, no hacía mayor cosa que acurrucarse al lado de la cocina a gas, que ya no desdeñaba tanto, inquebrantable en su intención de confeccionar innumerables prendas de lana con la esperanza de que alguna vez volviéramos a usarlas.
Así, nuestra anciana huésped fue paulatinamente convirtiéndose en un mueble confinado en un rincón de la cocina, aferrada a sus costumbres e imposibilitada de comunicarse con nosotros por las distancias del idioma y las insalvables brechas abiertas por el tiempo y las circunstancias.
Aquella noche mi padre había llegado borracho a casa y mi bisabuela, diligente como siempre, le había servido una gran taza de café cargado, lo había llevado hasta su dormitorio y le había intentado quitar los zapatos antes de recostarlo en su cama. Mi padre, obnubilado por el alcohol, se había empecinado en dormir con los zapatos puestos, algo que para mi abuela era inaceptable. “Déjame tranquilo que tú no eres ni mi esposa, ni mi madre” le había imprecado. Tras una pausa prolongada, ella sólo llegó a decir: “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla” y en silencio se retiró a su habitación.
A la mañana siguiente, cuando me levanté, encontré ropas tiradas a lo largo del oscuro pasadizo que conducía al jardín interior; allí, junto a la puerta, se encontraba mi bisabuela sentada en una diminuta banca que se ahogaba entre sus polleras, cortando con unas viejas tijeras la última chompa que había tejido con incansable esmero. Sus labios susurraban una cancioncilla medio triste y medio dulce que me pareció reconocer, quizá de algún tiempo remoto en el que yo aún no existía.
Caminé hasta colocarme junto a ella, sus delicadas manos soltaron las tijeras y me acomodaron el cabello dándome luego la usual nalgadita convertida en caricia. “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla huahua”, me dijo a mí también. A pesar de no entender el significado de aquella frase impronunciable para mí, supuse que quería que la dejara sola. Mientras ella retomaba sus insondables pensamientos me escabullí hasta el umbral de mi dormitorio desde donde todavía podía verla. Su canción terminó unos minutos después para dar paso a un silbido entonado, alternado con gorgoritos deliciosos que me hicieron sonreír. Y con toda calma, como la había visto desde su llegada, se levantó y caminó hasta su cuarto, abrió aquella diminuta maleta con la que había arribado, sacó las fotos que guardaba celosamente y las puso en su velador, en su lugar introdujo los retazos de las prendas de lana que había cortado; la cerró sin prisa, la puso debajo de su cama y se acostó.
La mañana estaba sorprendentemente quieta y tibia, las paredes verde pastel de su habitación hacían ver su cuerpo más pequeño y más distante. Alguna avecilla dejaba oír su trinar en el preciso instante en el que comprendí lo que sucedería después.
Con la mirada incrustada en el techo se persignó juntando sus manos, rezó con ese repetido susurro algodonoso y cuando hubo terminado se persignó, tomó la colcha que le llegaba hasta la cintura y se cubrió el cuerpo y luego el rostro, hasta quedar en la posición exacta en la que quedan los muertos. Y luego partió, partió en busca de la muerte que la había dejado olvidada en mi casa.




